De vez en cuando me quedo conversando con los entrevistados que debo fotografiar para El Mercurio. Un café en el Tavelli del Drugstore invitaba un poco al relajo entre el ajetreo fotográfico de la mañana. El tipo en cuestión era un consultor laboral. La pregunta caía de cajón: ¿de qué se trata tu trabajo, le dije yo? ¿Ayudas a personas a encontrar su trabajo ideal? El asunto, por cierto, no era tan así. Pero bueno, avanzando en la conversación caímos en los tema de la macroeconomía. Los errores o más puntualmente los desastres financieros en las economías gigantes como la de los Estados Unidos tienen tarde o temprano repercusiones en la nuestra. Rodrigo me decía que de aquí al 2010 ó 2012 se viene una fuerte crisis en nuestros mercados que afectará a todos los sectores y bolsillos.
¿A qué viene esto? ¿Qué cresta tiene que ver el vino con las grandes crisis financieras? Poco a poco los precios de las cosas pierden su valor real. Pasamos muchas veces a ser actores de un mercado irreal, con precios inflados. El mercado del lujo es un mundo, por ejemplo, que mueve muchos millones de dólares, euros, rupias, yenes o la moneda que sea. Cosas que comienzan a tener un valor muchos más allá de lo que realmente son. Hay mucho de especulación en ese ámbito. Pongo el ejemplo de Almaviva. Almaviva cuesta ahora $75 mil pesos. ¿Vale 75 mil pesos un vino? No. Yo creo que no. ¿Puede costar un vino US$350 o US$750 ó cualquiera de esos precios desorbitantes que muchas veces encontramos en las tiendas de vinos en las grandes ciudades? Ese mundo de especulación termina por quebrar el equilibrio económico.
El vino aterrizó en los círculos snobistas y es considerado un símbolo de status. Mucho consumidor, poco crítico con lo que bebe, navega por los rankings de revistas y los puntos de gurúes como el archiconocido crítico estadonunidense Robert Parker, para terminar consumiendo lo que otros le dicen y lo que ellos dicen termina convirtiéndose en un producto estrella sobrevalorado en todo sentido.
El mercadeo de vinos ha llevado a que todo se transe en números: cajas de exportación, millones de hectólitros que buscan crecer en las curvas de ventas. Así, se les ha olvidado el contenido. La locura por conseguir puntos en los rankings para subir precios y vender más ha dejado en segundo plano al vino mismo. ¿Qué hay detrás de un vino cargado de medallas o con puntajes que casi llegan a la perfección? Muchas veces poco o nada. Se olvidaron del lugar de donde proviene. Lo supermaquillaron con madera. Se olvidaron del caracter, de lo simple, de la delicadeza. La modernidad terminó por eclipsar toda la expresión directa, sincera que un verdadero vino puede darnos, aquel que espera pacientemente sin presiones ajenas y que se bebe sin tener que sentir el paso y los excesos de la madera, la sobremadurez y las intervenciones tecnológicas que llegan a quitarle caracter.
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¿Hay algo para rescatar del pasado del vino chileno?









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