Burdeos es una región que no necesita mucha presentación. Punto de referencia obligado para quienes hacen vinos en todo el planeta y materia de consulta permanente de aquellos que se apellidan aficionados o seguidores en esto del mundo del vino.
Mucho se le ha criticado por haber transformado o mejor dicho haber adaptado muchos de sus vinos a los gustos de importantes críticos norteamericanos y por defecto al paladar de los “gringos” quizás el mercado más importante para esta la más clásicas de las clásicas regiones francesas del vino. Los precios exorbitantes que han alcanzado en subastas bodegas como Lafite, Petrus, Chateau Margaux y una larga lista no hacen más que seguir alimentando el mito de Burdeos.
Como siempre hay algo que abrir en la bodega, nos propusimos hace ya algunos lunes atrás, hacer una más que digna cata de burdeos. Las noches frías invitan a estos tintos, la mayoría en base a cabernet sauvignon. Tintos muy estructurados, de taninos recios y que han alcanzado, algunos en etapa ya de adultez (más de 10 años de guarda) buen nivel de elegancia, aunque mostrando niveles de barrica bastante molesta.
Para conocer nuestras opiniones, sigue leyendo.
Château Montrose, Saint-Èstephe, Grand Cru Classé, 1993. La nariz de este vino se notaba vieja, cansada. Comenzó con una nota de azufre muy molesta que fue disipándose. Hay algo de ciruelas y un poco de tierra negra húmeda. La barrica también marca presencia. Siendo poco consecuente con esa nariz, la boca estaba firme, taninos bien pulidos y muy buena acidez.
Château Montrose, Saint-Èstephe, Grand Cru Classé, 1992. Un pequeño lujito en nuestra mesa: una mini vertical de Montrose. Para mi se mostró quizás como el más flojo de todos los burdeos. Su nariz estaba muy austera, me gusta la austeridad, pero acá nos fuimos al extremo. Lo que más muestra es su lado especiado, pero se queda ahí, sin más recursos. Bien terroso, igual que su hermano anterior. Hay acidez, buena estructura, pero sentí como que no había complementaridad entre ellas. Para mi este vino ya pasó por sus mejores años.
Château Clerc-Milon, Pauillac, Grand Cru Classé, 1996. Un burdeos correcto, pero aburrido. Grafito, mina de lápiz y bastantes tostados de la barrica. Plano en boca y falto de estructura.
Château Talbot, Saint-Julien, Grand Cru Classé, 1995. Revisando en la web, esta es una mezcla de Cabernet Sauvignon, Merlot, Petit Verdot y un pequeño porcentaje de Cabernet Franc. Acá hay una nariz bien delicada, que pasa por la mina de lápiz, agua de rosas, tabaco y hojas de te negro, pimienta negra y aceitunas. También tiene un toque de cardamomo. Fue por lejos la nariz más completa de toda la serie, que no fue mucha, tampoco. La boca tiene buena acidez, pero se echa de menos estructura. Es largo y tiene un deje de chocolate amargo. Siento que falta, sin embargo, ensamblaje, eso que hace que todo el conjunto suene mejor que cada uno de sus componentes por separado.
Château Lagrange, Saint-Julien, Grand Cru Classé, 1999. El más joven de los burdeos de la noche, pero el que más sobresalió, principalmente por la textura de sus taninos, finos, que le entregaban elegancia a esa boca y con una acidez vibrante para sus casi 10 años de vida. Sacó aplausos y dejó marca, que es lo que muchas veces estamos buscando en un vino. El lado oscuro se lo robó la madera, esa barrica que molestó en nariz. Quizás con un par de años más de guarda pueda llegar a complementarse mejor, lo que de todas maneras no logra quitarle méritos a este vino para ser un buen exponente bordalés.


¿Hay algo para rescatar del pasado del vino chileno?









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