Durante el fin de semana que pasó, leí un par de artículos que dieron para reflexionar sobre nuestros vinos, los consumidores y sus gustos, nuestra falta de innovación y las dificultades para mantener medios especializados dentro un mundo que apunta más hacia los nichos o grupos más específicos que hacia las generalidades.
Me refiero al discurso que dio el periodista y cronista gastronómico, Daniel Greve, en el II Congreso Gastronómico del Cono Sur y que aparece en Planetavino.com y la entrevista que dio el sociólogo Eugenio Tironi a la Revista Paula en la edición del 13 de septiembre. Para resumirles brevemente, Greve apunta a la falta de medios especializados en nuestro país, para los temas de la gastronomía y el vino y las dificultades que presentan para subsistir. Él mismo lo está viviendo en carne propia. La revista de su proyecto editorial y televisivo CoBe ni siquiera alcanzó a ver su cuarto número. Critica duramente la falta de visión de la industria y sus marcas, que prefieren publicar en revistas masivas, de moda y en muchos casos de la farándula.
Tironi hace un breve escaneo de nuestra sociedad, la carrera por el consumismo, la falta de vínculos, innovación y de un horizonte. Compara a Chile con un adolescente que no sabe bien que hacer ad-portas de una etapa más madura, de adultez. Afirma que el modelo económico y los economistas nos han forzado a sacar la calculadora cada vez que damos un paso y que hemos dejado poco espacio para mirarnos hacia dentro y ver realmente que es lo que queremos como país.
Si bien son dos temas distintos, creo que en algún momento se cruzan. Mis inicios como fotógrafo de prensa se remontan a la desaparecida Revista Don Balón, medio de prensa futbolístico que vivió su auge cuando la Selección de Fútbol de Chile clasificó para el Mundial de Francia 1998. Trabajé en ese medio por 5 años y algo pude conocer de la realidad de las revistas en Chile. Lo que le pasa a Greve para mi no es nada nuevo. Revistas que comienzan con muy buenas expectativas, trabajo serio y un material de primera calidad no logran mantenerse económicamente.
Chile es un país de pocos y malos lectores. Los avisadores prefieren tener seguro a ese grupo en medios más masivos y no son capaces de romper esta larga apatía por los medios especializados. Falta atrevimiento y eso se nota no sólo en la prensa escrita y sus diferentes formas de materialización, sino que también en nuestra escena vínica, en lo que vemos, lo que comemos y muchas veces lo que vestimos, por nombrar algunas actividades.
En este régimen duro y competitivo que llevamos, dejamos muy poco espacio y tiempo para averiguar que tipos de vinos realmente nos gustan y se lo traspasamos a revistas, gurúes y malos consejeros. Cuestionamos poco y nos dejamos llevar por la fuerte marea del marketing y las etiquetas. No pongo en duda el éxito comercial del vino chileno en los mercados foráneos, pero eso se ha trabajado mucho sobre la base de un gusto masivo, impuesto principalmente por medios estadounidenses.
Puede llegar a sonar contradictorio, porque si bien son los medios especializados en vinos los que tienen una fuerte influencia sobre los consumidores estadounidenses y a la postre en consumidores de todo el mundo son esos mismos medios, creo yo, los que han tenido gran parte de la culpa de esta homogenización en los gustos y en Chile nos quejamos de su nula existencia. La pregunta que me queda es: ¿qué tipo de revistas queremos para hablar de vinos y gastronomía?
Don Melchor es un buen ejemplo cuando hablamos de las influencias de las revistas en las formas y estilos de hacer un vino. El premium de Concha y Toro se identificaba fuertemente con el terroir del Alto Maipo. Con el tiempo quizo hacerse más famoso, conseguir puntajes, aparecer en revistas con el claro objetivo de aumentar su producción y elevar sus precios (nada criticable, por cierto, desde un punto de vista más comercial), pero terminó traicionándose asímismo, cambio su estilo. En pocas palabras se rentabilizó, pero perdió identidad y eso fue gracias a la todopoderosa Wine Spectator.
Salvo algunas excepciones, como el caso de De Martino que con su línea Single Vineyard ha dado muestras de querer hacer cosas interesantes, Chile como país productor no ha desarrollado toda su creatividad en la elaboración de vinos, buscando los terrenos adecuados, probando nuevas cepas, jugando con el clima. Se pegó un estirón grande cuando explotó el boom por el vino a partir de la segunda mitad de los años noventa, pero su única fuente de inspiración fue copiar recetas que ya existían en las estanterías y eso le trajo como consecuencia una falta de carácter, de identidad propia con su tierra.
Le robo una frase a Tironi de las respuestas a su entrevista: “Tenemos que retomar un viejo rasgo de la cultura indígena: el valor del despilfarro. Estamos permanentemente con la calculadora en la mano. Si queremos innovar tenemos que predisponernos a un gasto sin destino. Chile necesita muchos puentes como el de Chacao, que van no sé a dónde”. Thomas Alva Edison hizo más 500 experimentos antes de dar con su invento definitivo de la ampolleta eléctrica. Hay que atreverse a más. Los errores cuentan. Son importantes en el aprendizaje. Se despliegan más variantes. Se gana en pasión y para hacer vinos se necesita pasión.


Viña Mar Pinot Noir reserva 2005, Casablanca









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